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Por un par de Limones


Sucedió en una escuela, de las tantas que existen, casi abandonada a su suerte en la frondosidad de la selva.
Los alumnos de la escuela deben defender la escuela y su patio de juegos de la invasión de las malezas y alimañas. Cierta tarde, mientras los alumnos cortaban la hierba del patio con sus afilados machetes. Una pequeña tarea para estos chicos que aprenden a trabajar con destreza desde que tienen uso de razón. El intenso calor tropical sofocaba los cuerpos sudorosos de los pequeños alumnos.
La profesora Elmira, al verlos trabajar sudorosos y entusiastas, se dispuso a prepararles una deliciosa limonada, pero se dio con la ingrata sorpresa de haber olvidado los limones en casa.

Entonces dirigiéndose a sus pequeños alumnos dijo- “Quería darles una sorpresa con una limonada. Pero he olvidado los limones y hasta ir a traerlos será tarde. ¿Quién de ustedes podría conseguir unos limones? Alguien que viva cerca”.

-"Yo tengo una planta de limones en mi huerto- respondió Juan. Y dirigiéndose a Claudio, le dijo- ¿Me acompañas?"


Encontraron la planta de limón, sus abundantes frutos amarillos colgaban en las ramas más altas, fuera del alcance para las manos de un niño. Pero no para Juan, que trepo con agilidad el tronco que se alzaba en medio a las plantas de café, disputando el cielo a las guabas y naranjos. Juan un niño despierto y travieso, imitando a los maquizapas, se colgó de las ramas hasta alcanzar los primeros frutos. Cogiéndolos los iba lanzando a Claudio que los llenaba en su bolsa de colegial junto a sus útiles escolares.

-¡Ya basta! - le gritó Claudio- ¡Vámonos!, la profesora nos debe estar esperando.
- Espera, déjame coger esos dos limones de aquella rama- le respondió Juan - mientras se columpiaba con destreza con intención de agarrar los frutos.

-¡Craaajjjjjj...! la rama se rompió cogiéndolo desprevenido. El pequeño cuerpo de Juan, cuyas manos en vano continuaban a aferrarse a la rama, cayó aparatosamente sobre la planta de maracuyá que se extendía sobre unas matas de café. La planta de maracuyá, la hamaqueo con violencia por un efímero instante, amortiguando la caída y lo dejó resbalar a tierra evitando que su cabeza se golpeara sobre una grande piedra. Pero no logro evitar que el muslo chocara como un látigo sobre la misma.

¡Aayyyy! - fue el grito que oyó Claudio- Al llegar junto al cuerpo de Juan lo encontró sin conciencia. Lloró por miedo y por desesperación. Como su amigo no se despertaba, lo dejo tendido como estaba, regresó a la escuela a pedir ayuda.

- “¿Qué te sucede...?”- preguntó la profesora- al verlo pálido y asustado, los ojos desbordándose en llanto. El delgado cuerpo y las quijadas del niño selvático temblaban como las hojas de las palmeras que circundaban el patio ante el soplo de la calurosa brisa de la tarde que no se cansaba de sofocar la llanura.

- “A mí no me sucede nada... - respondió - es a Juan que le ha sucedido una...” No llegó a terminar la frase, por que las contenidas lágrimas se desbordaron. Lloró inconsolable. Los demás compañeros esperaron ansiosos

- “Cálmate, deja de llorar y cuenta lo sucedido”- La maestra, acaricio y beso la frente de Claudio para calmarlo mientras abrazaba y palmeaba su espalda.

Al calmarse, dijo – “Profesora...Juan se ha caído de la planta de limón. Y parece estar muerto”.

La maestra y una veintena de alumnos corrieron hasta el huerto de Juan. Allí lo encontraron tendido, pálido, silencioso. La cabeza, el cuerpo, la pierna izquierda por tierra y la pierna derecha apoyada sobre la piedra.
Cuando examinaron su pierna derecha, daba la sensación de haber dos rodillas. “¡Aaaayyy....!!!, ¡Aaaayyy....!!!”- Juan laceró el huerto con quejidos profundos y lastimeros. Y retorno a sumirse en un sueño imprevisible.

Los niños, dirigidos por la profesora, uniendo  sus camisas a dos varas, improvisaron una rústica camilla con la cual trasladaron el cuerpo del compañero hasta la casa del "huesero" del lugar.

El "huesero" Silva, después de examinar cuidadosamente al pequeño paciente - "Rotura del fémur"- diagnostico.
Le administro un brebaje verdoso y amargo para anestesiarlo. Tomo del pomo el sebo de boa macerado en aguardiente y masajeo por largo tiempo la “rodilla adicional” hasta enderezarla paulatinamente. Juan parecía sumido en un placentero sueño mientras el “huesero” Silva entablillaba el muslo con cuidado y lo vendaba con la piel casi fresca de la boa.
El día que Juan regresó, ya curado, a la escuela, la maestra y sus compañeros lo recibieron en formación. Le metieron al cuello un collar de huairuros, bridaron con una limonada y comieron unas tortillas de almidón de yuca. A la hora del recreo jugaron felices y contentos.

Comentarios

  1. me ha encantado ya sabes toda leyenda experiencia me va como la cancion de julio iglesias son un mundo tan hoy alli antes en mi niñez disfruto leyendote

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  2. hola jibaro,paso a darte las gracias por visitar y seguir mi rinconcito de colores,alli te espero cuando gustes amigo.

    es un gusto poder visitar tu blog y me ha gustado mucho esta historia de los limones,por un momento me recordo a un viejo libro que lei y relei muchas veces,mi planta de naranja lima,seguro que lo has leido.

    bueno amigo,recibe un fuerte abrazo y que pases un bonito dia!!!!

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  3. Estimada Lucia,gracias por visitar este rincón. Aquí encontrarás relatos para los niños y también para los no muy niños. Es un placer recibir tus cometarios.

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  4. Hola Julia, bienvenida a mi rincón, visítame cuando puedas, te estaré esperando para contarte alguna historia. Es grato haberte recordado tu lectura de "mi planta de naranja limón", si, también lo leí y me gusto mucho.
    Un fuerte abrazo y pasa tu también un lindo día.

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