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La vizcacha Justina

La vizcacha Justina, para llamarla de algún modo, no es una vizcacha cualquiera. Es la más joven de las que abundan en el pedregal de Sogo Rangra. Es la más vivaracha y juguetona, le silba a la luna, al viento, al sol y a la lluvia. Peina sus bigotes, mientras goza los primeros rayos del sol, sentada sobre la planicie de una piedra.
- ¡Fiu, fiu!- Silba al cazador que la apunta con la escopeta.
-¡Baaang!- suena el disparo. De peña en peña, el eco salta por el callejón. 

Cuando el cazador llega al punto donde estaba Justina, la encuentra tendida sobre la piedra.
Contento, la toma por la cola y la mete en su alforja. Más tarda el cazador en preguntarse.
 
 - ¿Dónde ... le habrá caído la bala?- Cuando en un brinco, Justina escapa de la alforja, se escabulle por un agujero y desaparece en medio de  las numerosas piedras. 

El cazador enfurecido, la busca intoduciendo  una larga vara en el agujero, por donde la vio desaparecer, con la intencion de rematarla  a puyazos.
- ¡Fiu,fiu!- Vuelve a silbar, Justina, en lo alto de la peña.
- ¡Esta vez no te saldrás con la tuya...! - Refunfuña el cazador mientras empuña la escopeta y suelta otro disparo.
- ¡Baaaang...!- salta el eco,  otra vez más, entre  las peñas. Justina malherida, cae y resbala por las rocas hasta los pies del cazador. Sonriente y satisfecho de verla sangrante, se prepara a tomarla por la cola una vez más. Justina, aún herida no pierde  su espíritu juguetón, mira a su victimario con sus castaños ojos apenas entre abiertos, esperando el momento oportuno. Escapa nuevamente sin dar tiempo al cazador de tomarle por la cola y vuelve a esconderse.
Perder la presa por segunda vez consecutiva es demasiado  para el orgullo del cazador, y todavía una pequeña vizcacha, si fuera un zorro, sería pasable, cualquiera lo entendería, porque el zorro es famoso por su astucia

-¿Pero una vizcacha?. Puya la vara, con furia, por los agujeros. Gira una a una  las piedras. Mira arriba, por la pendiente de la peña. Sigue con atención  las huelllas de sangre, apenas perceptibles sobre la piedras con la esperanza de topezarse con el cadáver de Justina.

 Las horas avanzan, el sol cae en el horizonte, los colores del crepúsculo parecen teñirse con la sangre  de Justina. Pareciera que el mismo sol  sangrase herido por la tarde, manchando los cerros, las nubes y el cielo. Resignado a la perdida de la presa el cazador renuncia a la búsqueda.

En su choza, el cazador se queda profundamente dormido, canzado como era por la fatiga en la búsqueda de la vizcacha.

 Mientras duerme,  sueña "Justina vestida de cazador, con la carabina al hombre recorre el pedregal de Sogo Rangra. En cambio él por la magia del sueño se ha convertido en una enorme vizccacha, que aduras penas logra camuflarse entre las piedras, su cuerpo es demasiado grande para introducirse por los pequeños agujeros. Es fácil presa de Justina que la encuentra con facilidad, la apunta y dispara repetidamente hiriendolo sin clemencia, asi herido no  logra huir. Ella se enzaña con él y continua a propinarle disparos hiriendolo en todo el cuerpo. La  sangre de sus heridas  gotea sobre las piedras, su sangre brota de las peñas, inunda su aldea, inunda  los cerros y tiñe al sol".  

Se despierta sudoroso, tembloroso y arrepentido. La pesadilla termina  en el preciso momento en  que el sol se filtra por el techo de la choza. En la conciencia del cazador se filtran nuevas emociones desconocidas para un experto en caza como él. Se interesa por la suerte de Justina, y en un intento por salvarla se encamina rumbo al Pedregal a buscarla, pero esta vez con buenas intenciones.
 
- ¡Fiu,fiu!- Silban las vizcachas y corren a esconderse detrás de la piedras.
Esta vez el cazador no lleva la escopeta, en su lugar lleva un cocimiento de hierbas medicinales para lavar las heridas de la pobre vizcacha. ¡Ojala, la encuentre!

Deambula buscándola  por los  agujeros, grietas  y piedras. La encuentra malherida, exhausta y   sin fuerzas para escapar. Se deja lavar y curar por las arrepentidas manos del cazador. Mientras la cura,  dos capulíes  de esperanzas se iluminan en los ojos de Justina y un sentimiento nuevo germina en el corazón del cazador.
Después de varios días y de  muchos cuidados, las heridas van  cicatrizando, dando nacimiento  a profundos sentimientos de gratitud, esperanza y amistad.
- ¡Fiu,fiu!- Silbará Justina una vez más al viento,  a la alborada, al crepúsculo, al paso del cazador cuando la vea pasar por el camino detrás de sus ovejas rumbo a los pajonales de la puna.
- ¡Fiu,fiu!- Silbará a la luna cuando sus rayos de plata se filtren en su escondrijo de Sogo Rangra.

Comentarios

  1. Que bello relato. Me encanta leerte porque siempre aprendo... aprendo el leguanje de tu tierra al mismo tiempo que aprendo lo hermoso que vive en tu corazón. Feliz año amigo!!!

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    1. Gracias Antonia, por visitar mi nido, y dejar tus hermosos comentarios. Feliz año amiga!!!

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